20 de abril de 2015

Santa Cruz de La Palma


Vamos a empezar a recorrer La Palma por su capital, aunque no fue nuestro orden cronológico, de hecho fuimos el último día del viaje. Pero comenzar por aquí sirve para entender mejor la historia de la isla. Santa Cruz es una localidad pequeña, cuyo casco histórico se recorre a pie fácilmente en una hora. Es muy agradable, llena de vida en sus calles peatonales, plazas, terrazas y con el Océano Atlántico omnipresente. Nos recordó a La Habana o a pequeñas ciudades del Yucatán mexicano como Valladolid, y es que Santa Cruz tiene el aroma de las colonias americanas fundadas por los españoles. De hecho su máximo esplendor está relacionado con el comercio con América, ya que en el s.XVI era escala obligada para todos los navíos que hacían la ruta entre el Viejo y el Nuevo Continente. Por ello los nombres de numerosas calles o plazas recuerdan a comerciantes ingleses u holandeses y sus fortificaciones nos indican que era presa codiciada por los piratas, siendo asediada en numerosas ocasiones, como por los célebres Pata de Palo o Francis Drake. 




Iniciamos la visita por la comercial calle O'Daly donde además de tiendas podemos disfrutar de espléndidas casas de la burguesía comercial. Caminando nos encontraremos con la Plaza de España, de trazado irregular y con tres edificios singulares: el ayuntamiento (el primero de España que eligió a sus miembros por los ciudadanos), la iglesia del Salvador y la fuente renacentista de la que parte una escalinata.
Otras dos bonitas plazas son la de San Francisco que alberga la iglesia del mismo nombre y otra fuente renacentista; y la Plaza de la Alameda. Aquí la Cruz a Terceros señala el lugar donde el conquistador Fernández de Lugo anexionó la isla a la corona de Castilla en las fechas en las cuales Colón descubría América. Al final de la plaza se encuentra una reproducción de la carabela Santa María, sede del Museo Naval. El aroma americano como podéis ver está por toda la ciudad.

Regresamos por la Avenida Marítima donde veremos el Castillo de Santa Catalina, la única fortaleza defensiva que aún se conserva. Un poco más adelante se encuentra la imagen más característica de la ciudad, sus balcones de madera pintados de vivos colores. Fueron construidos por emigrantes andaluces y portugueses y curiosamente no adornan las fachadas de las viviendas, sino la parte posterior. Servían para ventilar las viviendas al estar orientados al océano. Son una rareza en Canarias ya que estuvieron prohibidos durante siglos, pero la cédula que envió Felipe II a los gobernadores insulares prohibiendo su construcción en todas las islas del archipiélago canario no llego a La Palma al naufragar el velero que la traía. Gracias a esta curiosidad histórica podemos disfrutar de estos bellos balcones.

Próximo capítulo: Roque de los Muchachos.



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